19 de enero de 2013

Qué triste la madrugada, haciéndonos cicatrices.
Qué triste mundo, harto de sí.

Se vende velocidad extenuada,
cálculos y retazos de vidas sin fondo,
de armarios sin carácter,
en el insidioso y amargo silencio
de cuando se abren las luces,
de las cartas que hablan sobre la mesa:
tu sonrisa es blanda.
Serás otra nauseabunda víctima más.

Lo efímero y lo fugaz se baten
en la cuenta atrás de los semáforos rojos;
la felicidad es mercancía,
un castillo de humo en el horizonte.
Hoy nos amamos,
aunque mañana seremos presos de la euforia.

Qué triste pasas, invierno, con las manos atadas.
¿Qué deambular errático quiso el fin
de tantos incrédulos?

Luego nos odiaremos,
como los domingos sin resaca o sin fútbol.
Pero, ¿acaso no es odiarnos
otra de tantas formas de ser normales?

No hay comentarios:

Publicar un comentario