2 de enero de 2013

Hemos amasado el mundo con la sangre de los látigos.

Nos convirtieron en bárbaros sin nombre
para levantar el anonimato
de las pirámides,
y tuvimos que morir en las esquinas putrefactas,
con el circo ambulante
de la ignominia cayendo sobre
nuestra miseria.

Nos arrancaron la tierra de la cara,
y los ojos, y la voz,
para luego vendérnosla.

Fuimos añicos disfrazados,
culpables que, mientras buscaban un delito para culparse,
vieron cómo se compraba su sudor
para urdir laberintos imbricados,
cunas de contradicciones,
donde habría de nacer nuestro fin.

Nos arrancaron la vida de las manos
y donde teníamos un corazón,
nos implantaron
sus horas interminables,
sus leyes y sus libertades de hojalata
que no fue sino su libertad, para poder matarnos
sin cargos de consciencia.

Fuimos y somos el suelo del mundo,
los brazos y las piernas;
venimos de donde hemos visto caer a cualquiera
y solo podemos aspirar al cielo.

Nos hemos podrido en cuchitriles mortecinos,
nos hemos matado el alma,
pero algún día olvidaremos vuestras
promesas,
y blandiendo la justicia y la venganza
en cada mano,
sonará el estruendo que dictará
el final.

A partir de entonces, todo estará por escribir.















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