23 de enero de 2013

Desde las cunetas olvidadas gritan
los sueños de otro mundo;
desde los años que ya han abdicado,
desde el corazón
exánime de la esperanza, imploran,
—Cantos desgarrados de sirena,
primaveras ajadas
con el alma tronchada y las manos húmedas,
los futuros que fueron derrotados,
otra vez, con la expresión
agraviada del sabio que conoce.
Desembocamos errores en la historia,
pero quienes entregaron sus nadas
apostando a doble o muerte
su dignidad, éstos, no lo dudaron jamás,
sus fusiles eran el pueblo
y el futuro no puede ser dibujado
sino con un cincel.

19 de enero de 2013

Qué triste la madrugada, haciéndonos cicatrices.
Qué triste mundo, harto de sí.

Se vende velocidad extenuada,
cálculos y retazos de vidas sin fondo,
de armarios sin carácter,
en el insidioso y amargo silencio
de cuando se abren las luces,
de las cartas que hablan sobre la mesa:
tu sonrisa es blanda.
Serás otra nauseabunda víctima más.

Lo efímero y lo fugaz se baten
en la cuenta atrás de los semáforos rojos;
la felicidad es mercancía,
un castillo de humo en el horizonte.
Hoy nos amamos,
aunque mañana seremos presos de la euforia.

Qué triste pasas, invierno, con las manos atadas.
¿Qué deambular errático quiso el fin
de tantos incrédulos?

Luego nos odiaremos,
como los domingos sin resaca o sin fútbol.
Pero, ¿acaso no es odiarnos
otra de tantas formas de ser normales?

13 de enero de 2013

sueños que escalan el vértigo
el consumo redentor se relame
escaparates sin rostro
confesiones de histeria colectiva
vivir no es tan épico como trágico
los héroes no se tapan la cara
ahora los adultos se limitan
todo es un pacto tácito
se reparten solo la derrotas
esta noche veinte personas cenan su hambre
en la puerta de una iglesia
el amor es un problema financiero
se reparten gastos a medias
la periferia es el éxito del capital
el mundo gira sobre sí mismo
el perro que aún sigue su cola



2 de enero de 2013

Hemos amasado el mundo con la sangre de los látigos.

Nos convirtieron en bárbaros sin nombre
para levantar el anonimato
de las pirámides,
y tuvimos que morir en las esquinas putrefactas,
con el circo ambulante
de la ignominia cayendo sobre
nuestra miseria.

Nos arrancaron la tierra de la cara,
y los ojos, y la voz,
para luego vendérnosla.

Fuimos añicos disfrazados,
culpables que, mientras buscaban un delito para culparse,
vieron cómo se compraba su sudor
para urdir laberintos imbricados,
cunas de contradicciones,
donde habría de nacer nuestro fin.

Nos arrancaron la vida de las manos
y donde teníamos un corazón,
nos implantaron
sus horas interminables,
sus leyes y sus libertades de hojalata
que no fue sino su libertad, para poder matarnos
sin cargos de consciencia.

Fuimos y somos el suelo del mundo,
los brazos y las piernas;
venimos de donde hemos visto caer a cualquiera
y solo podemos aspirar al cielo.

Nos hemos podrido en cuchitriles mortecinos,
nos hemos matado el alma,
pero algún día olvidaremos vuestras
promesas,
y blandiendo la justicia y la venganza
en cada mano,
sonará el estruendo que dictará
el final.

A partir de entonces, todo estará por escribir.