5 de noviembre de 2012

Esperar el amanecer durmiendo,
sin reparar en lo sublime y triste,
en lo adusto y dulce, en el despiste
oscuro y en lo difícil riendo

de la noche, es la blanca y sórdida 
desolación del que gana culpable;
la lisonjera cumbre, lo inefable
de una casta gris, de la gente mórbida.

Llorar en el claustro de la tristeza,
levantar las manos, alzar el grito,
soñar el cambio de un mundo maldito
si lo hierático es tu gran proeza,

no es sino una fútil pretensión.
La sangre parla como un torbellino,
la lucha en la niebla es el camino
recio que levanta la revolución.






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