19 de noviembre de 2012

Sueña la calle sentir los latidos,
vaciar sus ojos de hambre,
romper la noche que se precipita
sobre sus hombros.
Y en ese equívoco soñar eterno,
los pétalos de ciudad,
las manos de cielo,
se aprestan en un sueño de
hormigón y humo, fabril y distante.
Sueñan las calles otro mejor destino:
uno de muros blancos, 
de besos espirales, de pechos
que no arranquen la muerte
bajo la ventana sorda.
Soñamos en las calles rotas,
huérfanos de futuro,
los que aprendimos a querer
con la vida en los talones.

Palestina

¿Fueron los fusiles o los hombres?
La muerte bajo el umbral cómplice,
la muerte en los ojos sin cuencas,
en la sangre que corre sin venas...
en el silencio de la noche de cristal.
¿Quienes hicieron de ti, muerto,
lágrima en el desierto, rabia inane?
El plomo también llora su desdicha,
en las fuentes del delirio colorado,
en la pulcritud sórdida sin huesos.
La muerte en ti, y en nosotros.
¿Fue acaso el gatillo o el silencio?
Muerte en el compás incierto
de sus graves corbatas crueles;
tanta muerte en esos rudos tanques
muerte en los despachos viejos.
¿Fue tu silencio o el gran misil,
vivo, quien trajo nuestra muerte?

13 de noviembre de 2012

El deterioro de la madrugada en mis ojos;
danza del placer efímero.
El alba susurra sinsabores vacuos;
monedas de un destino frágil
lloran en un abismo
connivente con el delito.
Los surcos azules, las manos sin cielo:
sábanas frías en los albores
de la consciencia.
La noche se deshace lenta;
la ciudad sin árboles y sin caras
suplica un día más de vida.

12 de noviembre de 2012

Nuestro amor sin cristales,
sin quimeras enturbiadas por nubes;
amor de mar desnudo
sin escudos inmunes.
Duermen tu boca y nuestro amor desnudo
en la orilla sin lumbre
de un mañana prófugo,
dejando que nuestras manos subyuguen
designios amarillos.
Mirar la madrugada sin volumen,
morir en tus pestañas,
ver el azul que sube
en el rincón descalzo:
amor sin cristal, amor que nos cure.


5 de noviembre de 2012

Esperar el amanecer durmiendo,
sin reparar en lo sublime y triste,
en lo adusto y dulce, en el despiste
oscuro y en lo difícil riendo

de la noche, es la blanca y sórdida 
desolación del que gana culpable;
la lisonjera cumbre, lo inefable
de una casta gris, de la gente mórbida.

Llorar en el claustro de la tristeza,
levantar las manos, alzar el grito,
soñar el cambio de un mundo maldito
si lo hierático es tu gran proeza,

no es sino una fútil pretensión.
La sangre parla como un torbellino,
la lucha en la niebla es el camino
recio que levanta la revolución.