11 de agosto de 2012

Guerra fría

Dos chicos que rondan los veinte años, esperan sentados cualquier cosa que no sé. Mientras tanto, charlan animadamente al tiempo que hojean una revista. El intercambio de opiniones sobre las modelos que protagonizan las páginas del "magazine", a medida que avanza el tiempo, va subiendo de tono hasta culminar en lo más vulgar y obsceno: "se la metía toda" dice uno, mientras salpica las gastadas páginas con su saliva espesa (o casi). El otro le replica: "qué va... ¿no ves? ¡no tiene tetas!". La pretensión con la que viste su expresión asqueada, le haría pensar a uno que en su vida ha conocido sobre la existencia de espejos; su poco talento para existir como materia es más que evidente. Además, la cosificación espeluznante y normalizada del cuerpo femenino cual un objeto de consumo más (algo en lo que el capitalismo ha centrado todas sus fuerzas) ya deja entrever cuál es el nivel de los tertulios acerca de los estudios feministas y de género y su interés en abordar tales temáticas.
Desconozco en qué tipo de derroteros dialécticos se han perdido, pero cuando vuelvo a poner atención en su diálogo, la cosa es bien distinta. Están incurriendo en el terreno de lo "íntimo" y uno de ellos (el típico que siempre lo sabe todo), insta al indeciso a que deje de verse, para siempre, con una chica (¿su novia? al menos, algo parecido) que parece no caerle demasiado bien; según sus palabras, porque no le reporta más que problemas y disgustos a su "amigo". (Siempre ellas, eh, mira que son...) La situación va adquiriendo un interés recóndito; la pareja, no se molesta en procurar que todo lo que vociferan sean escuchado por mí, sin tener apenas ni que esforzarme. Tras la imposición de su ya consejero, -por cierto, una orden que no parece tener ganas ninguna de esconder bajo la pomposidad su propósito; hosca y directa- el otro, confiesa con un rubor diáfano que su estado anímico no se encuentra en plena forma: "estoy jodido, estoy amargado" le comenta mientras clava sus ojos en la frialdad de las baldosas del suelo.
   (Reflexión del narrador: "En mi opinión, nada humilde, en estas situaciones, aunque uno tenga una opinión muy elaborada sobre alguien, en este caso la novia o ex novia del amigo, antes que nada, prima el bienestar del amigo; así que, consejo: aunque la novia de vuestro amigo sea la mismísima Espe Aguirre, no le digáis que "Es una puta que solo quiere follar, que nunca te ha hecho ni un detalle, que no te ha dado ni 5€ para gasolina" porque, probablemente, esto sea contraproducente para con tu amigo y la amistad que os une).
Pues el consejero (ya le dejamos este apodo), yendo en contra dirección de cualquier método amigable, se dedica a verter su enlodazada opinión sobre la chica, pero, ¡no solo la suya, también le confiesa lo que piensan todos sus amigos (comunes) sobre la susodicha! El otro, ya abatido del todo, musita levemente cuáles son sus motivos para quererla, aunque en ningún momento niega lo que el otro ha dicho; pero de sus confesiones se desprende una actitud reacia a la disposición habitual que uno tiene para el amor, como si lo que le une a esa chica fuera algo tan abominable como irremediable.
El consejero prosigue con su ya habitual retahíla desprovista de tacto, aunque en un momento de inspiración lúcida, le aconseja a su amigo que no se puede estar con alguien en quien no confías. Dicho así, parece algo muy razonable, incluso lógico, pero las palabras textuales dan cuenta de la bajeza moral de este: "No puedes estar con una tía que no puedes dejar salir, porque no sabes qué te hará". Con esto, ha encontrado un filón, el punto débil, y lo machaca. "Vale, si tan buena es, déjala salir... Si tanto confías en ella...". El otro, aturdido y confundido no sabe qué decir.
Cuando vuelvo a recuperar de nuevo el hilo del diálogo, el nivel de los argumentos del consejero ya empieza a incurrir en lo esperpéntico. Tirando de tablas y experiencia (porque claro, si es consejero a algo se debe) le recrimina dos cosas: su debilidad y su hermetismo. Le culpa por sucumbir a los posibles encantos de la chica y reincidir en ello, además de exigirle mayor atención a los consejos que le dan los de su alrededor, pues solo quieren lo mejor para él. Usando su ejemplo como axioma, se dedica a prevenirle sobre las argucias y astutas tretas que las mujeres no dudan en emplear, con el fin de ablandar el corazón del hombre y conseguir su perdón. En este momento, el machismo provinciano, la mentalidad neandertal que puebla las mentes aletargadas de muchos especímenes, se viste de gala para acudir radiante a su cita: "¿Qué pasa, que te ha llorado? Las tías lloran cuando quieren y lo hacen muy fácil [sic]; a lo mejor están con otro tío y hablando contigo por teléfono y se ponen a llorar... a mí me lo han hecho muchas veces. Hazme caso a mí, que peor que yo seguro que no lo has pasado por las tías."
Estas son las últimas frases que entiendo y mi asombro es tan mayúsculo, que pierdo la noción de la realidad divagando entre pensamientos y preguntas que se dirigen al mismo lugar: "¿qué ha pasado? ¿cómo puede haber gente que todavía piense así?"
(Nota del narrador: con ejemplos de este calibre, queda patente y demostrado que una sociedad mejor, pasa, además de por incontables elementos imprescindibles, también por el fomento de un pensamiento feminista que conciencie a una gruesa capa de la sociedad que ha asumido e interiorizado el rol subordinado de la mujer como una ley natural).

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