1 de diciembre de 2011

Recuerdo cómo nos queríamos en el hielo de esos bancos, cómo nos dejábamos morir ante las urgencias del amor. Recuerdo que el quiosco me dictaba las notas de tu llegada, apoyado en la pared gris de mis ansias. Poco más de tres horas y nuestra felicidad; simple, inocente, pueril… Imberbes de sentimiento y embriagados del amor, recuerdo cómo nos fuimos dando un poco de nosotros mismos mientras los paseos se hacían eternos. Incluso recuerdo imágenes anteriores: la primera vez que nos vimos, mi desdén fingido, tu vergüenza superada. Recuerdo nuestros primeros enfados, cómo nacían mis versos. Todos para ti, y tú, le dabas a la lectura el sabor de caramelo que pedía mi mediocridad. Todo era perfecto a su manera. Los gestos, los besos, los pendientes, las canciones. Siempre hemos sido felices, todo ocurrió como debía suceder y fuimos saciando la sed del amor sin la prisa del recelo. El tiempo era prudencia, y empezábamos a conocer que al amor jamás subyuga. Coordinados copulativos, y así todos nuestros anhelos fueron reedificándose con la simpleza de un amor tangible, de un hálito real que escapaba de lo veleidoso. Recuerdo el remolino en el estómago, los estragos de tus caricias, lo irreal de nuestro mundo tan real. Buscando definiciones en el pasado, todo se nos hacía novedoso, mágico, dichoso. Guardo con mimo todos esos recuerdos, como pedazos del inicio de mi vida, porque tú eres mi vida, y cuando recuerdo no siento nostalgia, no busco revivir esos momentos, pues su fugacidad le da el inmenso valor que atesoran. Cuando recuerdo siento las ganas de seguir amándote, de que ese inicio no concluya y, aunque a veces la vida exige sacrificio, dolor y sufrimiento, cuando recuerdo, espero seguir haciendo de nuestro amor, nuestra pequeña obra de arte.

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