12 de diciembre de 2011

el amor es sangre

La vida eres tú, el latir amargo de las ausencias: la vida soy yo. Fraudulento nuestro sino tantas noches; gajos de nuestra fortuna caen absortos. Lunas y plástico. Todo es caudal lejano, marea, viento, exilio de los cuerpos exiguos, besos exangües. Somníferos, amnesia y escaparates. Los sueños se delegan, las aspiraciones se relegan, como el hielo que desprecia fulgente tus labios, deshaciéndose impune y soberbio. Despedazados, añicos esparcidos en la hostilidad de las calles. Éstos somos. Eres. Soy. Azules, rojos, crisol... Eternas dicotomías desde el prójimo al último, las notas fugaces del sueño. Vacuas letanías caducas, y solo nos queda, tras ese vacío endémico en el frigorífico, una brizna de amor, de pétalo, de mediodía, de verde. ¿Hemos renunciado a luchar? Y sí, ya hace tiempo que las sombras bailan y la única utopía es el tarde. Jamás lo es. Nunca es tarde; la muerte un paso. La muerte solo es miedo y vanidad, inútil pretensión humana. Seguiremos queriendo no morir, odiando el tiempo en nuestra tez, pero hablo de amor. Sin él ya hemos muerto. Amor a ti, a mí a una idea, platónico perfecto o desbordado romántico. ¿Qué somos sin amor? ¿Polvo en los rincones? ¿Dóciles? ¿Frágiles? Las mañanas pálidas buscan otros ojos. Hay demasiada justicia bajo tierra, pero el odio también late amargamente. ¡Cuánta verdad! del amor al odio hay un paso, ¿y del odio al amor? Una lucha. Un beso, quizá. Las máscaras ya no son para los mártires que han arrancado la mano que los subyugaba. La ciudad ha nacido, ha ardido y ha vuelto a arder. Las cenizas, si aún corren en nuestras arterias grises como el cielo, acechan un porvenir lúcido. El amor no es rosa, es sangre.

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