22 de diciembre de 2011

Dos estrellas fugaces

Dos estrellas fugaces, con toda su cursilería azul, se han avezado al vacío; al vacío que mirábamos con la impetuosa pasividad de quien no aguarda nada más que el silencio oscuro de la noche. Entero el cielo de estrellas, de cuerpos celestes, de deseos a latigazos, de rostros tristes, áridas navidades... Neones y estrellas sobre gorros rojos y un pseudoinvierno que no cala. Neones que no brillan, sino que arremeten con desdén y altivez, que te apuntan a quemarropa la navidad, obligan la navidad de los regalos y el olvido. Dos estrellas fugaces muriendo donde suena el resoplo del mar y el baile de los mástiles se acompasa con la zozobra de la brisa salada, lejos de las voces tácitas, del recelo colectivo. Dos estrellas fugaces, fuera de las carteras con eco, fuera de los tíckets de compra y las calles destronadas, han caído desfondadas en la incertidumbre del mañana, en el adiós descolorido de la urbe. Saliéndonos de los márgenes y las geometrías hinchadas, despidiendo los valles de la muchedumbre, y yéndonos al precipicio donde caen los frágiles; las noches parpadean allá, con todos los rumbos perdidos, pero aquí también, delante del anonimato delicioso de nuestros ojos, se marchitan tiernamente nuestros labios prófugos, deshechos en la inconmensurabilidad del universo.

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