23 de octubre de 2011

Los rascacielos

Ellos miran el orgullo del prójimo
sintiéndolo más suyo,
se reflejan en su triunfo,
se cobijan, al fin,
en las proezas del siguiente.
Ellos miran la última brecha del rascacielos,
la cosquilla del azul,
con la satisfacción colectiva
de saber que podría haber sido él.
Pero no, ellos no son él,
porque sus pies siguen mojándose
en el asfalto y mañana
volverá a sonar temprano el despertador.
Ellos festejan la victoria,
ellos bañan los ojos
en el color trágico de la bandera,
y sus lenguas y sus gritos
de bandera, sus gritos de no saber nada,
se piensan tan ganadores
como él, pero no, ellos no son él
y mañana el jefe
querrá despedirlos bajo el amparo
de otra reforma laboral.
Ellos se miran la guerra, la dicen,
con la suma alegría
de saberse de los buenos,
porque el de la pantalla no engaña,
pero no, la guerra no tiene
caretas ni disfraces, sino intereses,
y el único que no va a llorar
por ellos, los que mueren,
es aquél que no se siente observado
en la rama más alta y lejana
de su rascacielos.

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