20 de octubre de 2011

Ella esperaba en el andén. El día gris como sus ojos y un viento agorero traía las nubes encima de su cabeza. Cuánto de plástico en esa noche, cuánto de noche en su rabia masticada. Las gotas que retozaban por su cara parecían hojas de afeitar, parecían el verdugo que no se esconde tras la máscara. La noche vacía, la noche sucia, la noche silencio. Miraba de tú a tú al tiempo, a la saeta que oxida la belleza febril, con la pasmosa tranquilidad de quien urde una venganza. En ese instante todo el mundo fue ella, todas sus miradas, negras. En el fondo era consciente de que ya había marchitado, que sus días no eran más que meros intentos aciagos de no inmolarse en el pavor y que todos los finales ya estaban escritos. Después de pisar con desdén lo poco que quedaba de muerte en su mano, se dijo que sí, y saltó.

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