1 de septiembre de 2011

También yo esperaba sentado en ese cuchitril hediondo que las horas fueran desgranándose. El mañana se resistía a llegar, las horas mustias se agarraban a la zozobra de la noche intentando prolongar una agonía incesante. El tango de la madrugada y la voz del alba espetaban vehementes contra serenidad dormida. La calígine pálida era ya inamovible, los sueños cercenaban la realidad y tú dormías en esos besos que no nos dímos. Quedan lejos esas mañanas abrazadas de sol bajo. Sí que llegó esa mañana, y con ella los disturbios, la fiebre, la quemazón en las mejillas.

Ayer volvímos a descorchar días, a robarnos las sonrisas... pero cuando vuelvan las tardes marrones, las calles teñidas y los kilómetros, dónde estarán esas mañanas de arena, esas olas relajadas, ese tórrido despertar.



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