23 de agosto de 2011

Los ojos en el agua

Todos pensaban que algún día, de sus ojos, crecerían árboles. Los miraban con fijación buscando cualquier cambio, pero lo único que mutaba era su color ruborizado y rojizo que empujaba hacia fuera.
Tenía las pecas contadas y estratégicas, un pentagrama en la espalda y el silencio del interrogante susurrándole en los labios inertes.

Tenía el beneplácito de las sombras, y el séquito tras de sí, menguaba los atardeceres con el ímpetu de sus deseos.
Esos viejos nocturnos de la costa, botella y cielo en mano, contaban leyendas de quien fuera, en su juventud anhelada, la desdicha de las tormentas y el yugo de los valientes. Se les palidecía el rostro mientras la brisa salada silvaba entre sus barbas y recordaban esos ojos en el agua. Tan inalcanzables, tan lejos, tan sibilinos...

Y esa mañana de Diciembre quedó escrito. La mañana nunca despertó y el gris comía los tejados y la ojalata de las ojeras. Quebrantando el hastío helado de la mañana, sólo un grito roto y deshilachado.

-¡Tenía los ojos en el agua!






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