3 de febrero de 2011

Justicia

Papadas de corbata y liturgia
rodean con su empacho ceñido
las súplicas de un insignificante.
El cenáculo habla, condena,
dictamina su orden
mientras las hendiduras
de la esfera enarbolan la justicia
-ondea una bandera blanca
con las dos tetas al viento
la joven suculenta-
y emana un líquido senil
entre las papadas flácidas.
La nimiedad del sujeto es un clamor;
es el olor mefítico
de la esquina que odiamos.
Es lluvia de Domingo por la mañana,
el chiste que molesta,
la pieza de más.
La justicia aboga por ella misma,
su idealismo le ha valido
varias contusiones
y dos desgarros por falta de viagra.
Sólo le queda desaparecer
por creer en la utopía
y duerme acurrucada con
otros sentenciados quimeristas
pienándose el frío tras unos cartones.
Se levanta la sesión.

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