11 de enero de 2011

Melancolía imperiosa

Quise reunir todas tus sonrisas,
los besos que pacieron en mi boca,
todas tus fotografías sin bóveda,
las audacias que acuchillaste con fresas;
quise una plétora atroz de ti,
el instante, el destello, la córnea.
Quise deslizarme en bicicleta
en lo allanado por carcias volátiles;
del silencio ansiaba su eternidad,
del embrollado estruendo
quise su despertar magnánimo.
El tesoro que en tus pies no está, yo quise,
el que tampoco encontré en tus manos,
ni en tu cabello de arco apuntado.
El tesoro que me escondías por la noche,
ese que no quiso amanecer
del asfalto suave, ni en tu pecho de fuego.
Ese anhelaba yo, suicidándome el labio
cuando el amancer perdía el juicio.
Todo estaba en ti: el ojo sin pétalo,
la reminiscencia Griega, el sabor de olimpo
y la verdad aterrada en un sarcófago.
Yo te quise dividida y sin residuo
y encontrar del gran enigma la receta.
Yo, que te quise dibujar con carbón
la caída de Troya en la espalda
y encontrar Atlántida en tus besos;
yo quería explotar como chocolate,
leer el caligrama y la metáfora de tu voz,
convertir el vino, que a tu ausencia sabe,
en humor que trajera el garzón de Ida.
Te quise, yo, sin saberte siquiera,
te quise una a una, cada parte tuya,
desde la última esquina sin luz
hasta el arco de triumfo de mi victoria.
Ahora ya no eres puzzle de mil piezas,
ni el dédalo de un amor ebrio,
eres tú, tú dulzura, tú playa, tú mar,
tú imperio de murallas y profecías;
sólo se te puede querer en tu inmensidad.

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