26 de enero de 2011

A doscientos

Imagínalo: tú y yo a doscientos.
¿En qué dirección caerían tus prejuicios?
¿Y tus cabellos de arena sahariana?
Tú y yo a doscientos y todo lo demás
es agua de alcantarilla, sobras de mundo.
A doscientos el ruido no tiene nombre,
y el silencio se amilana...
Sólo ves como el paisaje se funde
y se derrite en el fuego que inunda tus ojos.
Cuando pruebas los doscientos
no sabes qué es la muerte, jamás,
e intentas atrapar el secreto del tiempo
que se escapa entre piernas sin amor
y guerras que no han servido para nada.
A doscientos nada sirve,
eres lo que duras, como cuando cambian
el cartel del anuncio y ya no está ella.
En estas magnitudes todo es clímax
y cuando consigues que el tic tac pare,
cuando sientes que puedes ser más libre;
sabes que a doscientos latidos por minuto
me acerco a la demencia del abismo
para escupirte así, todo lo que soy.

1 comentario:

  1. Alcanza los doscientos y, por lo que más quieras, empápala.

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