2 de diciembre de 2010

Yo antes no...


Yo no quise caer al embrujo
de los gatos, él me pudo;
ella ganó la batalla por jugar en casa.
Fue magulladura felina, rasgo,
tacto que eriza hasta la ausencia.
Yo nunca había robado botines,
ni había escrito versos de noches altaneras,
versos marineros con los músculos tatuados
por la hiel de la sal y las gaviotas
(que ya nunca picarán en popa);
por arrancarlos de su mar. Nunca.
Yo antes no era más feliz
aunque siempre me lo creí;
no sabía ver las palabras
que mordían a la velocidad de la luz
los cabellos de Aquiles.
Ella volvió a ganar, otra vez.
Yo no quise estar en las antípodas
grabando con vodka o licor de rayo
nuestra huella felina en la arena,
bebiéndome el sol oceánico
en una copa de sus labios.
No sabía ni perder ni ganar,
empecé a sembrar mis derrotas
y mis triunfos en el lecho de su patria.
Jamás ansié sólo el chocolate negro
de la noche que escarba rozagante,
ni toqué el terciopelo de su comisura;
no vi antes el sádico mundo azul,
luego ardiendo, luego azul, luego en llamas...
ella me enseñó a quemarme
y a ser Fénix de las memorias.
Yo no quise desenfundar la espada,
robarle la Luna y retar al Sol
a un duelo de aceros blandidos.
¿Qué espada, en qué noche, qué duelo?
Yo, antes, no sabía beberme sus ojos
y aprendí a pedir auxilio sin voz.
Yo, ya hace no sé cuánto,
ni quise, ni era feliz, ni sabía,
ni existía, ni tampoco soñé;

entonces, apareció ella.

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