2 de diciembre de 2010

Sin ser cínico

Mi canción se masca
bajo una marquesina de diamantes
de alquitrán.
La tragedia no lleva antifaz romántico
en el círculo estigio,
aunque los rostros se le disuelven.
Cuánto cosmopolita de papel en el edén,
cuánto pétalo en el cubo de la basura
y tantos platillos voladores
que desheredan la cocina.
Hay una saeta de marfil
esperando en el trono a su dueño;
se aburre de tanto agurdar
un leve movimiento.
En el olimpo no suenan campanas
y hasta las víboras del camino saben
que la playa se desvanece con el frío.
Se detiene la diástole de las olas,
luego, llueven flechas de arcoiris.
Es difícil reanudar el propósito
sin esmirlarse las puntas de pereza.

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