19 de noviembre de 2010

Anécdota

Dos señoras, de faz semejante a un bull dog cabreado, charlan cuchicheantes sobre los grandes problemas que abarca la sanidad pública. Me quedo atónito al ver la mutación anatómica que ha sufrido una de ellas; en la zona donde los humanos enlazan su cabeza con el cuerpo (cuello) ella tiene una espécie de robustez indeformable que oprime su gesto. La presión que ejerce, de abajo hacia arriba, propicia que los ojos de la mujer, de ya entrada edad, estén a punto de salpicarse al exterior.
Así pues, en la sala de espera de un centro de asistencia primaria, aguardamos, yo, las señoras malhumoradas y otros usuarios, la ansiosa llamada del médico que nos invita a confesarle nuestros males. Sólo turba la expresión esculpida en la cara de las dos amigas a un esperpento de sonrisa, el llanto desconsolado de un niño (o niña, ya que a tan temprana edad no se distingue a simple vista). Los gritos sórdidos del niño (o niña) propician un atisbo de alegría vil en el rostro de las señoras.
Anonadado aún por la escena, pensad que yo siempre había oído eso del instinto maternal... sigo con mi pose de desinterés pero sin perderme ni un instante de lo que ocurre, ora jugando con el móbil, ora leyendo el "Diario Médico" (que se arrastra desde Septiembre por ahí), en definitiva: metido ya en el papel de espía. (¡Oh no, películas americanas me habéis destrozado la vida, siempre buscando embrollos y secretismos en las simples y llanas honradas vidas de la gente!) Sumido en un profundo análisis de la situación, de los movimientos y las expresiones de las señoras, como si de un momento a otro fueran a sublevarse a quitarse las mácaras y los disfraces y protagonizaran una masacre de la cual sólo yo, por mi avidez y astucia, pudiera salvarme, erro. Me descubren, y las dos con un vesaje aterrador avalanzan hábiles sus miradas hacia mí. Me esfuerzo al máximo para hacerles creer lo que no es, pero seguramente ellas han visto más películas que yo, sumándole programas del corazón y telenovelas que ya se puede considerar entrenamiento especial intensivo, y no me quitan ojo de encima. Mi capacidad de interpretación, vista desde fuera es excelente, concentrado en mi teléfono quién puede pensar nada malo de mí, pero la intimidación de sus miradas clavadas como dos tenedores es difícil de conllevar. Justo en ese momento, se abre la puerta de la consulta y sin saber si era su turno, antes de que la doctora pueda mediar palabras con nadie, ya están dentro de la consulta. Mientras espero mi turno, ya aliviado, me entretengo en mirar la gente que, como yo, espera el momento de vomitar sus males, como un torrente feroz.
El tiempo pasa, y las mujeres no salen de la consulta. ¿Habrán puesto en marcha su plan desde dentro?¿Se estarán comiendo a la pobre doctora?¿No tendré turno y tendré que volver a pedir hora de visita y volver otro día? Ésta última es la que más me aterra, y cuando ya tenía avistado otro personaje sobre quién aplicar mi análisis, sonrientes, alegres salen por la puerta las dos señoras acompañadas por la doctora y se van, no sin antes dedicarme una mirada de desprecio como si fuera un paria, mientras que una de ellas se enrolla un pañuelo al rededor de su ¿cuello?¿alien?
Por fin es mi turno, entro en la consulta, y después de una amena charla con la doctora, quién me invita a irme al psicólogo, salgo y me voy para mi casa, no habiendo antes pasado por la farmacia.

*Quién haya tenido la voluntad y la paciencia de leer esto seguramente me odiará, pero tenía ganas de escribirlo.

1 comentario:

  1. yo he tenido esa voluntad y esa paciencia
    pero por qué odiarte? ´

    negralluvia

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